Francesc Fabre

Francesc Fabre

(para ver este texto en catalán)

No, en mi caso, no. Aún con riesgo de desentonar en este Planetario, he de reconocer que los minerales no son la pasión de mi vida. Pero tampoco puedo negar que he tenido encuentros con estos seres atávicos y perturbadores que me han dejado una huella profunda.

Primer encuentro.- De muy pequeño. Puesto en fila para salir del colegio e ir a jugar un partido de fútbol me castigaron injustamente a quedarme porque me había presentado en manga corta. Solo en el colegio, mientras decidía cabreado que jamás volvería a jugar a fútbol, di en deambular por unos pasillos que normalmente no frecuentábamos... y allí estaban ellos, los minerales, esperándome. En unas vitrinas viejas y sucias, marcados con etiquetas despegadas que casi no se podían leer, amontonados entre fósiles, dientes, restos de experimentos y una rana despanzurrada y seca. No gran cosa, desde luego: piritas, calcitas, pedernales, algún cuarzo (¿amatista del Montseny, quizá?) y el inevitable espato de Islandia desdoblando la línea de debajo, ...pero eran ellos y me miraban fijamente diciéndome: te cazamos y no te librarás jamás de nosotros. Y así fue.

 

Segundo encuentro.- Ya de joven, en plenitud de facultades y gozando de una libertad personal que no he vuelto a tener, entre muchos viajes y excursiones tuve ocasión de cruzar el desierto del Sáhara desde Marruecos hasta Camerún. ¿Qué encontré a cada paso?: minerales, minerales y más minerales: en los tenderetes improvisados ante cada casa de Marruecos, en los recovecos de cualquier kasbah de Argelia repletas de rosas del desierto y de bombas volcánicas, en los inmensos bosques petrificados de Nigeria, y en las chozas de Camerún, todo eran minerales que surgían a cada paso y te obligaban a detener el viaje continuamente. Con tanto peso, el vehículo quedó finalmente fuera de servicio y debido a los impedimentos para repatriarlo, el viaje se alargó quince días más de lo previsto, que aproveché para visitar a pie el interior de Camerún, convivir con aquella gente y conocer unos espacios naturales fuera de toda comparación.

 

Tercer encuentro.- Pocos minerales llegaron a casa, porque se fueron perdiendo por el tortuoso camino de la repatriación del vehículo, pero puesto en conocimiento de Jordi --mi hermano-- todo aquel bagaje, nos animamos a realizar algunos viajes a la búsqueda y captura del mineral. Para Jordi era distinto. Él estaba enfrascado en sus estudios de biología, pero ya profesaba una profunda devoción a los minerales y además los empezó a ver como una forma posible de ganarse el pan de cada día. Curiosa simbiosis la nuestra  --a veces explosiva-- que nos condujo a lugares legendarios (Mibladen, Panasqueira, Áliva, Riotinto, Bou-Azzer, Eugui, La Collada, Cunha Baixa...) y a vivir situaciones y peripecias irrepetibles. Fue un encuentro de mucha intensidad, que se diluyó al ritmo de mis nuevas obligaciones familiares y de la creciente profesionalización de Jordi, que se iba convirtiendo, poco a poco, en Fabre Minerals.

 

Cuarto encuentro.- Tras muchos años de alejamiento, los minerales me volvieron a encontrar. Por mi especialización en artes gráficas, en la rama de composición gráfica y digital, Jordi consideró que le podía servir de ayuda en el momento en que su página web estaba superando exitosamente las etapas del post-parto. Aquella ayuda se transformó en formar parte de su equipo de trabajo, y así quedé una vez más prisionero de los minerales. No me los podía quitar de encima, cada día me los encontraba delante exigiéndome más y más atenciones, mostrándome y escondiéndome continuamente sus mil caras. Son seres enigmáticos, juguetones y obstinados que no sueltan fácilmente a su presa... pero ¡qué le vamos a hacer!, a pesar de todo, los amo.

 

Francesc

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