Carles Curto

Carles Curto

 

Tras treinta y tres años como conservador de mineralogía del Museo de Geología de la ciudad de Barcelona, puedo afirmar que los minerales han sido, son, la gran pasión de mi vida. Quizás no la única (siempre algunos amores fugaces se cruzan con el amor verdadero) pero sí la más permanente y verdadera.

Gracias a la mineralogía he conocido personas muy diversas, caracteres tan distintos como interesantes, desde el auténtico loco de atar, incapaz de ver más allá de su colección y sufriendo hasta por el más pequeño fragmento de Pirita que escapara a su posesión, hasta personas sanas para las que los minerales son el complemento perfecto de su vida personal, afectiva, familiar y laboral. Desde personajes conocidos como Joaquín Folch, Jiri Kourimsky o Abraham Rosenzweig, por citar sólo tres de ellos, hasta el más modesto coleccionista. De todos ellos he aprendido siempre algo.

Precisamente, si algo amo de mi profesión es recibir la visita de chicos y chicas que acuden con sus padres al Museo deseando resolver algunas de sus dudas mineralógicas. Muchos de ellos se sorprenden (también sus padres) de que les atienda directamente y sin demora, pero intento siempre hacerles entender que este es, precisamente, uno de los aspectos de mi trabajo y que atiendo tan gustoso al más encumbrado especialista que visita la colección como al más modesto principiante. Desde luego, los jóvenes mineralogistas nunca salen del Museo sin un nuevo ejemplar y un buen puñado de sencillos consejos.

Entre los personajes “especiales” (y lo digo en el mejor de los sentidos) que he conocido está Jordi. No sé cuando fue (quizás al final del Plioceno) ni cómo (probablemente en alguna feria de minerales en Rocalandia), pero Jordi, que obviamente era (es) también un apasionado de los minerales, siempre ofrecía algo distinto, ya fueran ejemplares recolectados por él mismo, informaciones muy precisas (en una época en la que por ejemplo, las localidades parecían tener menor interés que el precio en las etiquetas), o siempre proporcionando indicaciones sobre el ejemplar que la mayoría de comerciantes obviaba. En suma, me pareció un “animal mineralógico”, de los que entonces había realmente muy pocos. En todo caso, y cada uno de nosotros desde su propia faceta, casi siempre hemos coincidido en nuestras apreciaciones y siempre comentamos no sólo nuestra atracción por la mera estética del mineral sino también por las cuestiones morfológicas, cristalográficas, químicas o de localidad que éste plantea. El respeto mutuo, tanto por nuestras personas como por nuestros trabajos respectivos, ha marcado nuestra relación, que ha evolucionado lentamente pero con seguridad y, actualmente, me gusta nombrarle como amigo.

Cierto día, hace poco más de diez años, me sorprendió al decirme que creaba una Web para comercializar minerales y que quería consultarme algunos aspectos. Hay que tener en cuenta que diez años atrás una Web (y más una Web comercial) era algo bastante parecido a un OVNI, o si el lector lo prefiere, la quintaesencia de la modernidad.

El caso es que la Web arrancó con éxito creciente y, de vez en cuando, Jordi me proponía colaboraciones puntuales, como cuando trabajé con él en el apartado fotográfico. El proceso, entonces, era largo y complicado. Cuando Jordi preparaba una renovación de la Web me dirigía hacia su almacén cargado con mi vieja y querida Nikon F y el pesado equipo correspondiente. Tras la sesión fotográfica, huelga decirlo, había que proceder al revelado y a la posterior y ardua digitalización de los positivados, que desde luego no tenía nada que ver con el sencillo escaneado actual y mucho menos con las facilidades de la fotografía digital. A este respecto recuerdo con especial agrado una sesión monográfica de Piromorfitas de la mina San Andrés, algunas fotografías de la cual se publicaron posteriormente en Le Régne Minéral.

Cuando hace unos tres años me propuso colaborar en los textos de su Web (con la inestimable supervisión de J. S. White) me planteé, desde luego, si ello creaba algún tipo de incompatibilidad con el ejercicio de mi profesión, pero rápidamente me di cuenta de que, por el contrario, la intención de Jordi de ofrecer una visión de los ejemplares desde un punto de vista, si se me permite la expresión, más académico, me permitía ofrecer una información más precisa y, al mismo tiempo, colaborar en una mayor formación y proyección del aficionado. Y acepté. Después de todo, los Museos existen gracias a los coleccionistas y, por extensión, a los suministradores especializados y eficaces.

Carles Curto

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